Sunday, April 02, 2006

Tres años fumando con Mineo

Hace hoy tres años que nos dejó Terenci. Fue un 2 de abril de 2003. Moría obsesionado por sus compras de fotos con glamour por eBay, con su culto a un sin fin de maravillas de las que él lo sabía todo (ópera, cine, Egipto y civilizaciones varias...). Todo bajo el ras de su mitomanía desquiciada. En la caja se llevó un paquete de Ducados, una foto de Marilyn y una chapa muy preciada por él del club de fans de Sal Mineo. Adoraba hasta extremos de pérdida de identidad momentánea a este pimpollo rebeldito de los cincuenta. Cuando lo entrevisté en mi programa le hize enormemente feliz al ponerle una grabación del actor en clave de spoken word. Me imaginaba que Terenci entonces andaría levitando con el susurro de las palabras melosas de Sal al entrarle directamente por su oído. A partir de esa entrevista, para mi crucial en mi vida, entablamos una curiosa relación via teléfono que se alargó durante un verano (el de 2001). No voy a contar más cosas que las que mi discrección me permita, pero diré que encontré en el escritor a un ser excepcional, generoso y muy educado. Lo que las damiselas finolis suelen llamar un caballero. Su enfisema ya estaba haciendole pasarlas putas, le costaba respirar, tosía muchas veces por la línea ( hablándome desde su casa o desde el restaurante de las mariscadas) pero como buen coqueto negaba su mal estado, su asfixia, porque yo para él era un jovencito adelantado y en su imaginación ( a la que yo no le puso freno, dejaba que desbarrara todo lo que quisiera a mi costa) un lindo puto con ínfulas de periodista criticón. Nada que objetar, ya digo. Era para mi un honor que Terenci me llamara a casa, que me retransmitiera en directo sus divertidas subastas de internet pujando un dineral por una foto de un actor euroasiático olvidadísimo, o que yo al preguntarle por un determinado fotógrafo francés él me hiciera esperar breves segundos, alargara su brazo y cogiera de la biblioteca un libro que solucionaría mis dudas mientras alimentaba mi envidia relatándome con pelos y señales el contenido fotográfico del mismo; o tambien, y siguiendo en la onda consultas al preguntarle por tal película hurgara en su increible archivo parecido a una filmoteca al uso, hasta encontrar (o no) la cinta de marras ( el solo ruido de los cajones ya despertaba en mi un placer tan excitante que no me extraña que a dia de hoy me siga conmocionando el recordar el asunto). O sus confidencias, algunas inventadas de puro increibles, fijo. Pero otras que es previsible que hubieran ocurrido en verdad pues fue Ramón Terenci un heterodoxo cosmopolita y valiente, decidido y a la page, un auténtico.
Otro dia contaré más cosas de mi relación telefónica con él. Ahora me limito a estos breves apuntes conmemorativos y a recrear lo que fue la introducción a la entrevista radiofónica de entonces (utilizé como fondo musical el "Moon River" de Mancini). Esto que sigue fue la presentación al invitado que de aquella acababa de sacar un libro de la serie de "Mis inmortales del cine" de los años 50, para mi gusto el mejor acabado y el más próximo en el tiempo a la generación a la que en verdad perteneció el escritor. El de los años 60 sigue resultando un triste homenaje a la década en tanto a que está inacabado (siendo como es irreprochable a nivel de ilustraciones, como era usual en él). Durante la hora que duró la charla cantó por Marilyn, no paró de reir (impostada pero conmovedora ya interpretación de una imágen por él creada, sin duda) y oimos músicas infrecuentes y que le llegaron al alma, todas sacadas de mi archivo de niño sabelotodo.

El primer acercamiento que tuve al escritor Terenci Moix se produce al alcanzar la mayoria de edad. Fue a través de sus escritos sobre las estrellas de cine en el suplement
o Blanco y Negro. De antes sabía que era un Premio Planeta, o sea un escritor para cuarentonas de clase media, un amante de la cultura egipcia, que hacía programas en la televisión catalana, que Nuria Espert le presentaba los libros y poco más. Bueno sí, que traía ya una fama desde los años sesenta de enfant terrible que me atraía. Esos textos del Blanco y Negro formaban parte de una serie que arrancaba entonces, Mis Inmortales del Cine, y me sentí seducido al instante por el apasionamiento, rigor, simpatía y, sobre todo, profunda erudición con la que escribía sobre aquellos seres de la pantalla. Y poco a poco, semanalmente, me contagié de su devocionario particular, aprendí lo indecible y descubri lo fascinante que puede llegar a ser coleccionar fotos, cromos de otras eras, sueños al fin y al cabo.
En mi etapa de cinéfilo adolescente me guiaba por la sabiduría de los Cobos y Marías del Teleradio. De pronto Moix me abrió a otras opciones, apreciaciones, eliminé prejuicios, me sentí menos francés y, desde luego, ayudó a que mi sexualidad se liberara, dictando sus leyes: las del voyeur.
La fiebre Terenci me arrastraría de forma compulsiva a las librerías de segunda mano, de viejo, buscando sus novelas. Deseaba atrapar su espíritu transgresor de los 60, justo cuando moría Marilyn y él tenía mi edad. Compré o robé La Torre de los vicios capita
les ( en colección Ciempiés, del gran Juan Perucho) y su querencia por el delirio y la extravaganza me marcó en dos creaciones inolvidables. Hablo del Mario Byron y ese collage pop donde se mezclaban los fetiches con la alta cultura, típico desliz de autodidacta y de Lili Barcelona, sublime mujer misterio, más Marlene que drag queen, cúlmen del camp barcelonés.
También me cautivaría el desarraigado, extraño Oliveri epistolar del Olas... o el Siro algo Telémaco de Melodrama... Las Hollywood Stories, gérmen de Mis Inmortales del cine, eran un compendio de sus escritos para el Nuevo Fotogramas y el primer volúmen nunca lo pude encontrar. Lo mismo me pasó con el de los comics, que ya me gustaría ya...
En Mundo Macho descubrí al Ramón Moix sadístico y homo. Ese mismo Moi
x que escribía en revistas pornográficas tipo Climax sobre el divino marqués, las torturas medievales o la escatología pura y dura. También lo encontré en la olvidada BAZAR de la transición y en algún Film Ideal, claro, con precisamente mis maestros de la adolescencia. Y ya en las catacumbas de la prensa escrita me puse un poco perspicaz con unos textos de cine sin firma en la revisa femenina Picnic, donde empezó colaborando. Mi búsqueda entonces coincidia con la publicación de sus libros de memorias, mi definitiva identificación vital con el autor.
Por último resalto el componente erótico de su obra, algo que siempre le acomp
añó. Le veo un poco en ese sentido como Mae West, que no podía cantar una canción de cuna sin hacerla sexy. Sus libros sobre cine aparte de escribirlos como dios, los adereza siempre con ilustraciones magníficas y suponen en si mismos un placer para la vista. Son por tanto muy sensuales. En este de los años cincuenta, cual estallido estival, abundan astros y starlettes en bañador y bikini, y sobre todo, hay una profusión de carne jóven y bella que terminan dejándote sin aliento y muy excitado.
Lo que le debo yo a Ter
enci Moix es incalculable, por ello me preocuparon mucho sus últimos y muy serios achuchones. Que Moix nos abandonara no dejaría de parecerme una auténtica impertinencia del destino.

(se desvanece la música y le saludo. Responde con efusión y simpatía arrolladora. Me pongo ruborizado y triunfador. Carlos desde el control exhibe una expresión satisfecha)

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