Friday, April 14, 2006

Post 500. Especial Infancias verdes de semana Santa

La semana santa en la familia cristiana del niño Maciste se dejaba notar. No a lo bestia, porque mis padres no eran del Opus pero si en el recato y ayuno de rigor. La televisión ayudaba bastante a que este que te escribe notase que eran dias muy especiales. Y para nada guardaban las características entrañables de una Navidad, por ejemplo. La semana santa era todo lo contrario, era la revelación de la muerte, aunque esta fuera en mayúsculas y culminase en la resurrección esa tan afamada y que dio tanto que hablar. Hablar de la muerte de Cristo a un niño era cuanto menos propiciarle la aparición de un síndrome de desesperación y angustia parecido a la canallada. Pues ya sabemos que cuando un amigo se va...
En los setenta la mayor parte de las retransmisiones procesionales televisivas se concentraban en el UHF, vias crucis incluidos. Lo que proliferaba, y aún hoy, era el cine de romanos, el de curas y monjas (aburridísimo, como para cortarse las venas) y Marcelino Pan y vino (un género en si mismo, película mítica de la que hablaré algo mañana).
Recuerdo destellos de cine de autor en el nombre de Dios (o de Marx) con el habitual pase de Il Vangelo...del poeta homosexual italiano aquel. La tele no era lo que más veía llegadas las fechas.
Nuestra vida religiosa se hacía más en la calle. Empezando ya por el Domingo de Ramos: lo de la burra y el Osanna- eh! que sonaba a Hair pero sin hippys y con pacato clero. Es tradición ese dia estrenar los niños las ropas. Coincidia siempre con el final de la estación invernal, y lucíamos muy bien los trajecitos de terciopelo azul ( fetichismo lynchiano aparte) y los zapatitos de charol ( como una Habanera del primer amor). Fotos con las palmas y sol con viento que presagiaban lluvia. Y yo sin hacer aún la primera comunión, pero todo llegaría. En su momento justo.
Los dias festivos solíamos irnos de viaje. A La Coruña principalmente. De hotel, a pesar de ser esa nuestra tierra. Y en el hotel por la noche nos ibamos a la sala de la tele y veíamos lo que se podia. Principalmente a Pablo VI haciendose el bendito con aquella cruz de neón ( que yo imaginaba salida del universo de Star Wars). Se respiraba en el ambiente un aire de contricción y tristeza. La gente mayor del hotel, turistas de otras regiones, planificaban sus movidas: el santo entierro, los caladiños y la del encuentro, que debía ser muy divertida porque partían varias cofradias de lugares diferentes para irse a juntar todas en un mismo lugar. Un poco como pasaba con las rutas de las tascas con los amigos. A propósito, escuché alguna vez que se liga bastante cargando dentro de un paso. Ahora me explico porque algunos desfilan en zigzag. Por no citar esas easter parades tan modernas donde a falta de un buen saetero se pincha un disco de los chulazos de Il Divo.
El jueves santo era de ir a visitar iglesias. Afortunadamente aquello era entrar y salir, visitas de cortesia. Te apalominabas mirando estatuas, hacías la señal de la cruz ( que yo ya sabía hacer hasta en su versión maxi) y afuera, a respirar oxígeno. Pero los dias eran siempre grises. Nada parecía presagiar una lascivia solar, en absoluto. Todo era en gris oscuro, como la moral de aquella religión loca.
Hubo una semana santa en mi niñez que nunca se me olvidará. Y es que salíamos de Galicia. Fuimos a León y a Zamora, que tenían fama de hacer procesiones preciosas.Paramos en el piso de unos amigos de mi padre que no estaban esos dias. Asi que con la casa vacía me puse a husmear entre su extensa biblioteca. Mis padres me andaban obligando desde hacia rato a que me acostase pues al dia siguiente había que madrugar. ¡Pretendían levantarse a las siete de la mañana para ver no se qué desfile religioso!. De locos, ya digo. Yo me negaba a ir al catre, que aparte no lo conocía de nada (¿y si había chinches?. Uhmm, amo mi cama rica) y reparé en un rincón de la biblioteca. Había encuadernados toda la colección de Roberto Alcázar y de El guerrero del Antifaz. Nunca había visto todos los números reunidos. Ni siquiera sabía que había gente que los reconvirtiera en tapa dura, como los libros serios. Fue fantástico hojearlos, aun no acabara de pasar diez hojas y ya cogía un nuevo volúmen. Yo, que siempre fue un poco malandrín y amiguito de lo ajeno pensaba: yo mañana cogo y me llevo algo de esto.
Fue imposible. Al dia siguiente mis padres cumplieron su promesa y me llevaron dormido en brazos a la procesión de los cojones. Que yo no sé lo que les pasaba a mis viejos, si habían hecho una promesa o cuales eran los motivos de tamaña tortura. Desde luego si pretendían reproducir conmigo la subida al monte Calvario que se fueran a la mierda, que yo todavía estaba en edad de niño jesús, en el camastro de pajas al lado del buey y la vaca (y a ser posible, jugando a médicos con el rubito compañero del Guerrero del Antifaz) .
Recuerdo el frio terrible, el frio más frío que nunca viví en mis delicadas carnes. Yo a León ni a Zamora vuelvo nunca más ( y no vivo en zona tropical) pero es que me causó tal trauma...Y sin una manta zamorana que echarme a la espalda. Ver creo que vi algo: gente delante mia, espaldas basicamente. Trompetas atronadoras oi, como las de Jericó. Y más de lo mismo: Jesucristo en diferentes variantes del boato y el lujo desproporcionado. Al acabar, que ni las nueve de la mañana serían, me metieron en una puta tasca a tomar...¡sopas de ajo!. Era la tradición. Pero ¿tradición de qué?. Un Cola Cao, joder. Era lo que me haría falta despues de andar trasnochando yo, con unas ojeras de lector de tebeos insomne...Al mediodia más iglesias. La catedral de León, preciosa. ¿Qué quieres que te diga?. No voy a quedar yo aqui de acémila. En cambio los que quedaron asi fueron todos los feligreses que estaban a mi alrededor en el momento en el que presencié casi un acto de barbacoa pública en la zona de los cirios . Resulta que había un lindo muchachito que estaba deseando encender una vela. Era una monería, tan rubio, tan Fernando con un punto de Pedrín. La luz de la ceras prendida engalanaba aún más si cabe su rostro celestial. Miré en su espalda, debía llevar guardadas las alitas por dentro de la zamarra, que notaba bulto. Tenía que ser un temerario pues se subió de puntillas para encender la que más alta le quedaba, ni llegaba pero el brazo lo extendió bien. Lo extendió tanto que las velas inferiores plantaron fuego en su ropa. El no se enteraba, los de alrededor tampoco ( es gente ciega, de fanatismos perros). Salvo yo, que al verlo como lo ví me entró un placer inconmensurable. Imaginármelo ardiendo por entero hubiera sido la mejor aventura sadística que nunca padecieron mis heroes de anoche. Pero algo me hizo reaccionar, aquel no era Fernando, tiré de la manga a mi padre y señalé lo que estaba ocurriendo. Algo de histeria hubo. Fue más el susto que la quemadura. Pero pudo ser peor si mi tétrico mironismo no lo hubieran frenado las fuerzas cristianas del bien.
Sin duda no era yo un niño de Semanas Santas. Además era absurdo fantasear con los pasos de turno pues aquellas figuras del barroco, a pesar de sus desnudeces, no me traerían esa misma noche mis regalos favoritos. No se trataba de una cabalgata para niños interesados.
En cuanto a la lectura del Evangelio del Domingo de Resurrección me autoengañé muchos años entendiéndola como la sinopsis de un peplum maravilloso que no era. Faltaban Ursus, o Hercules o mi tocayo, contrariados por los caprichos divinos de la malvada Sibila; faltaba una reina pérfida con ganas de aliviarse los ardores bizantinos sobre un mazas de gimnasio en minifalda; sobraba tufillo Cifesa para que el niño Maciste se hiciera ilusiones con aquella religión de patochadas grandilocuentes y sanguinarias. Al final decidí que mi credo tenía que ser mejor el que proponian desde las películas marca Lux o Titanus los romanos más híbridos y excitantes de la historia de las creencias espurias.

1 Comments:

Blogger Esteban said...

Hola Maciste:

Tras las vacaciones, y con calma, comienzo a leer tus artículos. Este lo has clavado. Creo que todos, en el baúl de los recuerdos, tenemos un largo rosario de semanas santas como las que describes. Para mí, no despegaron de ese gris ceniza hasta comencé a disfrutarlas huyendo de toda la parafernalia católica. Pese a no vivir en un hogar especialmente religioso, todo se confabulaba contra la alegría. La radio, siempre presente, se llenaba de voces solemnes y dolorosas; los cines cerraban (porque, ¿quién podía competir con Ben – Hur y otras hierbas); el clima tampoco ayudaba mucho (de niño, no recuerdo ni una Semana Santa soleada); y para más inri, supongo que para mantener alejado mi alboroto, te enviaban como cordero pascual a participar de los sombríos rituales que comenzaban bien (me encantaba ir con el ramo) pero terminaban sin darte cuenta de la trascendencia del asunto. Como supongo que la mayoría de nosotros, fui monaguillo. No mucho, pero lo suficiente como para alejarme definitivamente de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Mi vocación empezó precisamente en Semana Santa. Un día medio vecindario estaba buscándome; cuando supe que era el cura el que me buscaba me venció la curiosidad. Este señor, de rostro amable pero con el corazón más allá de la derecha, me dijo si podía leer las lecturas de todas las celebraciones. Así que ahí me tienes a mí, fustigado un poco por ese aire de estrellonas que tenemos todos, poniendo mi mejor voz de locutor para describir a una iglesia abarrotada toda la pasión de Cristo. No recuerdo que repitiera, así que mi bautismo como monaguillo no llegó a más celebraciones trascendentes. Ahora vengo de disfrutarlas en la naturaleza y aún siento a estas alturas cierta pereza por lo bien que pasé estos días ajeno a todas las prisas y sin más preocupación que la cantidad de insectos que aún hay en la naturaleza.

5:28 AM  

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