Monday, April 10, 2006

La PASION según Betanzos (1)

Comienza una nueva semana en Fantasia Mongo que va a ser especial. Porque especiales son los dias que nos aguardan (para muchos de signo vacacional), porque justamente hoy se cumplen seis meses desde que empezé a publicar este blog y porque en menor medida también se acerca el Post nº 500. Asi que ya te advierto que Fantasia va a cambiar ligeramente de fisonomia en las próximas jornadas, empezando por ésta.
Una de las incorporaciones nuevas más relevantes será esta de La Pasion según Betanzos. Se trata de otro strip tease emocional a cuenta de mis relaciones pasadas. Ya hice algo parecido en el mes de febrero, sólo que hablaba de amor, de varios amores. En cambio a partir de hoy intentaré acercarme al concepto pasión, y centrarme en una pasión en concreto, que duró cuatro años y que fue involucionando según el tiempo en una especie de turbulencia desastrosa que me desequilibró emocionalmente casi por completo.
Esta misma mañana buscando en el diccionario el vocablo pasión me encontraba con las siguientes definiciones: Lo contrario a la acción. Perturbación o afecto desordenado del ánimo. Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona. Apetito o afición vehemente a algo. Pasión de ánimo: Tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo.
Cualquiera de estas definiciones valdrían para explicar mi experiencia relacional con el muchacho que aquí ya conocemos como Jose I. Y es curioso porque siempre que hablamos de pasión nos imaginamos a unos amantes que se revuelcan como lobas sobre la arena de la playa, un morreo salvaje al borde de un acantilado en noche borrascosa de melenas revueltas y mucho viento, o ya puestos en el peligroso terreno del melodrama, unas facas a la luz de la luna en posición de duelo por unos celos infundados que provocaron ceguera de amor. Esto último en mi caso no llegó a ocurrir con exactitud, a pesar de que nos movíamos de vez en cuando por ambientes marginales, pero en cambio la violencia verbal y física tambien tuvieron cabida, sobre todo los últimos dias, los de la definitiva ruptura. Pudo haber pasado algo grave, sin duda. No estuvo de dios, pero de verdad que rozé la frontera de la integridad física sin miedo a cualquier tipo de repercusiones ( mi integridad psíquica ya hacia tiempo que se había vulnerado).
Conocí a Jose I muy jóven. El lo era más. A principios de los años noventa fue. Yo tendría veintidos años y él dieciocho. Nos conocimos en los báteres. El era un mozo precioso, moreno, atlético y de sonrisa encantadora ( que luego supe que era impostada) . Me acerqué a él un verano, que es cuando los cuerpos buscan aproximarse a otros, porque entre otras razones los cuerpos se intuyen más, las formas campan a sus anchas alterando lo indecible y el deseo te arrastra hacia ellas imparable. Lo había estado observando dias atrás. Se comportaba de forma discreta: esperaba, miraba, nada más (fumando, siempre fumando). Yo por entonces no mantenía marujeo con nadie del ambiente, en ese sentido podía ser tan reservado como él...Pero aquella apreciación mia en seguida se vino abajo. Llegaban pestosas habituales y lo saludaban, otras le hablaban como si lo conocieran de toda la vida, las viejas le guiñaban un ojo con complicidad. Era evidente que el chaval tenía ya una carrera, que yo desconocía y que su predilección por los maduros tenía todos los visos de convertirlo en un prostitutito de lo más avezado. Asi que una tarde de calima insoportable me acerqué y le hablé. Me acuerdo perfectamente lo que le dije: ¿Y tú cuanto cobras?. Yo siempre tan directo, alguna damisela hubiera dicho que yo siempre tan torpe. Pero es lo que me salió. El contestó con su corrección innata: Yo lo hago con quien quiero. Vale, fue cuando le pregunté por la edad. Tenía dieciocho. Me senté en un banco del jardín cerca de él con tan mala fortuna que al hacerlo me cayó del bolsillo toda la calderilla que llevaba (estos pantaloncitos estivales...). La mirada rauda que lanzó Jose ante el ruido de las monedas al caer tampoco la podré olvidar nunca más. Porque se iría repitiendo hasta la saciedad ante mi presencia: al mirar mi cartera, al mirar la de los viejos...Era música celestial el sonido aquél.
En la década de los noventa pasaron muchas cosas en mi vida y en la del chico, pero siempre ambos yendo por caminos separados. O tal vez en perpendicular, pero nunca amigos, o hermanas, en su argot, que es el del gremio también.
Hubo años en los que desapareció. De repente a lo mejor lo veía de noche por la zona del río. Me fijaba en él porque me gustaba mucho, siempre lo deseé. Era mi prototipo, claro. Y era hermoso, su look de pijín horteri contrastaba con su físico de chico duro de barrio. Su mirada era de inocente perversito, algo que a mi me provocaba efectos demoledores. El caso es que en esas noches de reapariciones (era un fantasma de la sensualidad) lo entreveía jugando al flirteo con pasmosa maestría. Son esos juegos en penumbra donde los hombres se medio ven para no mirarse, se buscan para tocarse, la parte olfativa se vuelve parte fundamental en la técnica del ligoteo. La búsqueda de un camionero a la desesperada, el paseíllo a pie mirando de reojo hacia el interior de los coches aparcados, una locaza que llega y enseña el muslamen a cualquier conductor desprevenido, señores que dices ¿pero este no tiene que madrugar mañana para abrir la fruteria?. La sorpresa de la noche, con sus fantasmas juveniles que para mi eran Jose y nadie más, que ya se camuflaba en la oscuridad con un anciano repelente. No recuerdo haber hecho nada por entonces con ninguna ave nocturna de estas. Prefería mirar, aguzar mi fantasía con todo aquel torbellino de hombres de comportamiento extraño. Qué diferentes eramos él y yo en ese sentido. Pues puedo asegurar que el muchacho ya estaba cansado de revolucionar al público otoñal con sus servicios sin duda, hablo por experiencia propia, de primera calidad. Con el tiempo me enteré que ya había empezado a hacer la carrera por el río o por la alameda nocturna a los quince años ( y pensar que yo, mayor que él, a las horas de su pateo estaba durmiendo tan ricamente), cuando la alameda aquella antes de convertirse en reducto de tres señoritas enganchadas a la heroina y una vieja disfrazada de doña Croqueta era un cancaneo constante de plumones y chulos portugueses, malos como demonios (pero por los que todas suspiraban).
Precoz Jose I. En los años noventa nos vimos poco. ¿Hablarnos?. En absoluto. ¿Mirarme?. Lo justito en un chico que hasta cobraba por las miradas. Fue con el cambio de década cuando reapareció, esta vez para quedarse. Era evidente que había estado fuera y llegaba cambiado. Muy cambiado.
continuará

1 Comments:

Blogger Esteban said...

¡¡Seis meses ya!! Mis más sinceras felicitaciones, Maciste.
Esta nueva serie de la pasión tiene todas las dosis que enganchan a un avaricioso de las letras como yo. Ahora no dispongo de mucho tiempo, pero ya que pedías relatos personales, creo que esta nueva creación tuya va como anillo al dedo para que me desnude.
Un abrazo. Cuídate y disfruta.

5:26 AM  

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