Sunday, April 16, 2006

Dirigido por...fa. Como en un espejo ( Bergman II )

Cada nuevo pase de un viejo filme del maestro Bergman supone siempre la posibilidad de captar un nuevo detalle, indagar en una frase casi mistérica o incidir en la reflexión que otrora se nos pasó de largo. Hace muchos años que vi por primera vez Como en un espejo (61). No era en absoluto ya un adolescente, como uno de los inolvidables protagonistas que la conforman. Si lo hubiese sido de muy buena gana me hubiera identificado con él. Hace unos dias volví a repasarla y he quedado asombrado con la sensibilidad, refinamiento, complejidad y belleza visual de todo el conjunto.
Comenté la semana pasada que abría un nuevo ciclo, en realidad una trilogía, en torno al frondoso e inagotable tema de la búsqueda y ausencia de Dios. Quizá aún siendo árida sea la menos claustrofóbica de las tres. La acción se desarrolla en una isla practicamente desierta donde sus cuatro personajes se refugian para buscar ese algo que tal vez no lo encuentren y aun si lo hallaran sería posible que no les llevase a parte alguna.
Un escritor otoñal, fracasado, con una hija aquejada de una grave dolencia mental ( esquizofrenia galopante) y a la que teme. Un hijo con el que apenas se comunica, y no sólo por su culpa pues la falta de dialogo es recíproca. Y el marido de la hija, doctor impotente para afrontar el mal de su esposa que además no puede complacerlo sexualmente. Cada uno de estos personajes merecerían una película en si mismos pues su riqueza de matices es increible. Es curioso, pero en todos me veo reflejado, y es por eso mismo por que el nuevo visionado me dejó hecho polvo. Entiendo a ese escritor que es tachado de cobarde por que lo único que consigue escribir verdadero es la miseria de la chica. Entiendo a ese adolescente con talento de superdotado para las artes, que busca la sexualidad y al final la encuentra por el camino de la transgresión. Entiendo también al médico que lucha denodadamente contra la voluntad insatisfecha de realizarse a través del acto físico y que se autoconvence de que con su amor le basta, o a la propia esposa, la gran Harriet Andersson en una interpretación sobrecogedora y alucinada, muy alejada de su primera imágen de sensualidad optimista en aquel Verano con Mónica, que padece lo que yo he visto padecer muy próximo a mi.
Bergman introduce el tema de Dios como eje de las acciones de cada uno, era su leitmotiv durante aquellos años, quiza esta sea la parte, no que haya envejecido, sino que es la que menos me llamó la atención esta vez. La Andersson que se refugia en el vestíbulo donde cree que Dios se le va a aparecer. La larga conversación sobre Dios entre el médico (Von Sydow) y el padre escritor que se hace excesivamente dilatada y anticinematográfica pero que sustenta la esencia de un filme de cámara que plantea de forma compleja la espiritualidad como solución a las dudas vitales. O la interpretación final de un Dios que es Amor, y por el cual nuestra existencia adquiere un sentido, haciéndonos de paso mejores. Pero prefiero otros debates como la crisis identitaria del artista, como la incomunicación generacional, como la palpación de una realidad-otra en el comportamiento esquizofrénico de ella.
La secuencia del incesto es memorable. En su contención y elipsis logra una mayor efectividad. Comparémosla con otras secuencias de intensidad sexual parecida en el cine de esos años y veremos que no hay color: asi la secuencia (maravillosa) de la violación de la prostituta Nadia en el Rocco de Visconti ( casi una ópera en si misma, con su preludio, desarrollo, coros , crescendos y codas) o de la propia violación de la doncella bergmaniana, distante en su punto justo, en el fondo implacable en su dureza que no escatima detallismos sin por ello caer en el morbo. El incesto entre los hermanos es demoledor en su cortante exposición, logra trascender el mero hecho para convertirse en una pulsión de ambos casi metafísica.
La secuencia de la supuesta aparición de Dios es igualmente emocionante. En este caso se parte de las leyes de la dramaturgia tan caras a Bergman y desde luego que consiguen el efecto tensional buscado. Harriet ve a Dios en forma de araña ( en realidad es un helicóptero que viene a buscarla para internarla). Por supuesto que su Dios le dará todos los cuidados necesarios para que pueda ser feliz. Pero ella sufre un gran decepción: sintió que el Divino quería penetrarla ( un caso de ninfomanía compulsiva).
Con respecto a la visualidad del filme, digo lo mismo que con la anterior El Rostro, contiene un soberbio trabajo del genial Nikvist: bucólica en exteriores y con una fotografía sencilla en interiores que bien podría definirse como una aplicación modélica de iluminación a lo Vermer ( en síntesis, un halo de luz que viene de una ventana abierta).
Tras Como en un espejo y Los Comulgantes ( quizá más extrema en el grado de escepticismo religioso) llegaría la asfixiante El Silencio, que abriría el camino a Persona. Sería la culminación de la desnudez del contexto en favor de la busqueda de lo esencial y absoluto. Las mil y una preguntas que nos propuso desde su cine del pensamiento el inmenso y jamás caduco Ingmar Bergman.

1 Comments:

Blogger Esteban said...

Sabes, Maciste, creo que las meigas al final viven en estos mundos virtuales y nos hacen esas pasadas que cuentas. No te preocupes: Yo sigo contigo. Soy así de egoísta, ¡disfruto cantidad! Espero que estés más calmado, más centrado en ti, disfrutando de un día completo con la persona que más quieres (tú) y con las personas que más te quieran. Un abrazo (Tengo un montón de trabajo; oye, por cierto, apúntate a lo de "Curtas na Rede"; no vas a tener enchufe, pero seguro que ni falta te hace). Cuídate y disfruta.

3:57 AM  

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