Tuesday, March 21, 2006

mi noche (frustrada) con Dame Edith Sitwell

"El público creerá cualquier cosa, siempre y cuando no esté fundamentada en la verdad" (E. Sitwell)

Recuerdo la primera y unica vez que estuve a punto de entrar en la mansión de los Sitwell. Era muy jóven, inexperto en la materia de tratar a gente snob. Aquellos eran artistas, me embaucaron con sus obras. Por tanto deseaba conocerlos. Sin duda la prioridad era ella, la mujer de nariz aguileña, imposible. La que retrató Beaton sin problemas pues no era una mujer bella. Y las mujeres no bellas eran las que menos problemas dan a la hora de ser retratadas. Miss Sitwell estaba dentro, no me esperaba. Me sentí al llegar a su calle como Charles Ryder al volver señor a Brideshead. ¿Estaría esa noche Waugh?. No sé. Mis pensamientos se amontonan. Todos giran alrededor de la mítica que la dama ha sabido crear a su alrededor. Esa personalidad que en el fondo es pura esencia de lo british. Me refiero a su extravagancia con un punto enorme de locura.
¿ De qué conocia yo a Edith?. Había leido unos cuantos poemas de estilo simbolista, sus mordaces críticas en las revistas literarias donde solía anatemizar ( ella era el Wheels), las mil y una quisicosas que configuraron su reputación de extraña ave letraherida. Claro, y sus retratos. Dormida, o quiza haciéndose la dormida en aquella foto donde estaba vieja e incapacitada en silla de ruedas. Siempre con aquellos turbantes de terciopelo o no, cubierta de joyas, vestida a lo victoriano. Porque estoy seguro que ella se sentía en otro siglo, en el XIX mismamente. Nada le traería mayor satisfación esa noche si yo hubiese venido con Emilie Dickinson bajo el brazo. En cambio del coche sale conmigo una carpeta roja con poemarios deslabazados y un Sir Alec Guiness, consumado y camaleónico actor, al que siempre me gusta tirarle de la lengua, que en su caso tambien es inglesa, sin cockney que valga ( aunque lo borde, como gran enamorado del lenguaje que es). Y Guiness me suele hablar del ayer, de la pasada guerra, de cuando era pobre y Lady Sitwell repartía ropas que no iba a poner más entre los depauperados combatientes del teatro. El ocupaba una cola y le tocaron unos calcetines típicos de pesca. Le dio las gracias y Miss Edith presintió que aquel muchacho tenía que ser como Gielgud. No sé si homosexual porque Guiness se cierra en banda en su privacidad ejemplar, pero sí en el arte de la farsa, en la que es maestro.
La señora siempre estuvo metida entre bambalinas aportando a sus obras un toque de experimentación rayano en el dislate. Sus obras son versos recitados en curiosa simbiosis con la música, su otra verdadera pasión. Trabajando en conjunción con William Walton o Benjamin Britten y pareja, Pete Pears, espléndido tenor. No podría por edad comentarle lo que me habían parecido sus audiciones por que las desconocía por completo. Sin embargo entendía que la fusión de ambas partes habría producido algo fascinante, pues la arritmia de sus versos encajaba a la perfección en el puzzle dodecafónico de la música del siglo veinte. ¿Sonaría jazz en su hogar a esas horas o sería un vals el que nos introduciría en la estancia?. Tal vez un tam tam tribal aunque desde que se había convertido al cristianismo es posible que no parara de darle a lo sacro.
Pregunto al insigne actor si ve procedente que le haga algún comentario sobre sus padres. Recordaba con cariño que de niño me encantaba un viejo óleo de Sargent de gran tono aristocrático, casi monárquico en el que aparecía la prole Sitwell. También con el tiempo he de señalar que el retrato de familia terminó por inquietarme en tanto que ya conocía lo que sentía la escritora por sus padres: asi que verla a ella tan serena y con mirada de sentirse protegida bajo el brazo paterno no dejaba de suponer toda una paradoja. Guiness sólo me miró, fue suficiente para que me diera cuenta que en esa materia era mejor que mantuviera la boca cerrada.
Su conversión al catolicismo no había dejado de sorprender hasta sus más acérrimos detractores. No la tomemos por beata, simplemente es una venturosa iluminada. Su pasión por Santo Tomás la transforma casi en jesuita. Sus visiones apocalípticas provienen de los bombardeos londinenses. Y sigue siendo impactante la yuxtaposición entre la caida de la bomba y la crucifixión de Cristo en su célebre "Still falls the rain". Hay que saberlo entender. Que la reina Isabel la nombrara Dame tampoco hay que tomarlo como acto de claudicación de la rebeldía a la mansedumbre. Sólo se estaba coronando con un título a un ser irónico que supo desde siempre crear genial boato a su alrededor. Como mecenas fue un lince (esa confianza en Dylan Thomas, por ejemplo, la honraba). Siempre rodeada de homosexuales exquisitos, algunos tan allegados como que eran su hermano Osbert (también poeta y loco como ella) y su esposo el pintor ruso Tchelitchew, matrimonio no consumado. Su amistad con gentes como Auden, Purdy, Beaton o Alvaro Guevara confirman cuales eran las compañias preferidas de la señora. Para los restos y un poco para el movimiento gay queda su The Outcasts (62), escrito en un año en el que la ley inglesa que prohibía la homosexualidad todavía seguia vigente.
Ordené en lo que pude mi cabeza y decidí que lo primero que iba a preguntarle sería por la Rootham, su tutora, la que de jovencita la introdujo en los círculos parisinos. Pero todo se desvaneció de un soplo. Al entrar, Osbert en bata imposible nos dice que su hermana está indispuesta, que había pasado toda la tarde bebiendo y que ahora permanecía dormida. Que si queríamos volvieramos mañana. Fue una pequeña decepción aunque no dejaba de suponer todo aquello un acto de teatralidad que la definía tal como yo me la imaginaba: como una señora desquiciada y anticonvencional. Respondí a Osbort que mañana no iba a poder ser pues partía de nuevo para España. Lo sentí en el alma, salimos de Grosvenor Street directos al Soho, y alli esa misma noche nos perdimos en un alud de vicios desmedidos pero conscientes de que los celebrábamos siempre en honor de la vieja dama.

*Lecturas recomendadas:
- Façades, and other poems 1920-35
- The Outcasts (1962)
- Alexander Pope (1930)
- Fanfare for Elizabeth (biografia de la reina Isabel I) (1946)
- The English Eccentrics (1930) (ensayos)
- Su biografia, sobre todo su biografia

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