Sunday, March 26, 2006

Dirigido por...fa: Bresson pinta en negro al diablo, probablemente

Acercarse a Bresson es acercarse a un cine eminentemente espiritual. Anticonvencional en esencia, deudor de los maestros pretéritos, como Dreyer u Ozu, pero que no se queda en mera empresa heredada pues es Bresson un creador único, independiente y, sobre todo, rabiosamente moderno. Cuando realizó El diablo, probablemente (1.977) estaba a punto de cumplir ochenta años y es asombroso como en su senectud podía acercarse a la realidad inmediata francesa como lo hizo, por no hablar del ambiente juvenil que pululaba por la orilla izquierda. Los resquicios de la contestazione, del pensamiemto de Berkeley, de la irrupción del movimiento ecologista y los postmodernos, todo se olfatea desde el punto de vista escéptico, de demoledor pesimismo de su jóven protagonista, Charles.
Bresson se inscribe en la mentalidad de un Welles, por ejemplo, en el sentido del concepto de reescritura del lenguaje cinematográfico. Su búsqueda de una narrativa no convencional lo eleva a la categoria de innovador. Aunque muchas de sus películas parten de textos ajenos no hay resquicios de dependencia hacia el autor de origen. Con la ayuda de su cámara ( casi stylo) define de un nuevo modo el material de partida, siendo como es tremendamente respetuoso con el original. La utilización de los sonidos, los encuadres, el empeño de trabajar con actores no profesionales, todo contribuye a la plasmación de un mensaje espiritual que provoca en el espectador una salida de su inactividad de voyeur sin más para tener que ir evaluando las piezas de un puzzle que parte del pensamiento con intención de que lo ordenemos desde nuestra propia participación en el filme.
Como en sus restantes obras, El Diablo, probablemente carece de evolución dramática. Bresson cree que el dramatismo debería ser desterrado de las películas en tanto que supone una rémora teatral. En cambio la cámara aunque tienda al estatismo nunca es superflua en los encuadres, ni se pierde en lo estetizante (peligro en el que podía incurrir un cineasta que además fue pintor en sus comienzos). Los encuadres, los cambios de plano eliminan todo subrayado y buscan incesantemente lo necesario en cada momento, nada sobra. También tiene sus preferencias. Adora el cuerpo humano: los rostros virginales, los pies e incluso las braguetas de los efebos (el hecho simple de ponerse un pantalón, por ejemplo) sin llegar al descaro de crear un teorema pasoliniano del asunto. Sus protagonistas siempre son bellos, quiza sacados de alguna agencia de modelos, pero sin la estupidez descarada ni asepsia erótica de estos. Tampoco aquí cae en un deja vú. Casi ninguno de estos jóvenes volvieron a hacer nada más en el mundo del cine, quedaron como elementos naturales para un autor milimétrico en la captación de expresiones faciales.
En cuanto al sonido, podemos hablar de variopintas bandas que van de la voz en off a los ruidos o la música incidental. Es Bresson un impresionista al estilo de Debussy, en cuanto que su organización sonora parece corresponder a una sinfonía atonal. En El diablo se hace palpable su estilizado empleo de los ruidos en la secuencia increible del viaje en bus. El crescendo de planos y diálogos estalla en ese climax del frenazo con el horrísono de los instrumentos de viento. Esta secuencia, que algunos podrían definir como cinematográfica a la manera clásica sigue siendo bressoniana al límite. Los viajeros entablan unos dialogos impostados, en donde se plantean problemas filosóficos y políticos. La capacidad de sintesis formalista la alejan de un tratamiento tópico y la equiparan con el resto del filme, que es de un pesimismo atroz. El muchacho visualmente tadziano, ajeno al mundo resuelve sus dilemas mayores, casi cósmicos con su propia muerte. Su negación de la política, del ecologismo falsario, de una sociedad a la que no pertenece le hacen estar fuera del mundo, y cómo tal se ve innecesario. Su opción de quitarse la vida no supone una garantía de que vaya así a conseguir su felicidad: odia tanto la vida como odia la muerte. En la secuencia de su visita al psiquiatra ( extraordinaria en su implacable crítica al estúpido mundo de los psicoanalistas) advierte que no se está enfermo por el sólo hecho de ver claro. El dinero aparece en un cajón del médico, el dinero surge cuando tiene que pagarle la sesión. Está visto que ha resultado estéril esa visita y que su plan de suicidio sigue adelante.
El final con la muerte del protagonista se desarrolla en un lugar muy querido por los parisinos, en el Pére Lachaise. Es una pena que al chico le diera igual caer abatido por las balas en una tumba que en otra. Podría haber sido más selectivo. En cualquier caso forma parte de un estado anímico de derrota total que consigue contagiar al espectador más vitalista.
Lo ascético se palpa en cada uno de los fotogramas. El catolicismo de Bresson también, aunque él no le gustaba ser etiquetado como cineasta católico. De todas formas, habría que matizarlo en términos jansenistas (ahi tenemos el sentido de predestinación del ser humano o el del don gratuito de la fe).
Sea como fuere, resulta admirable cómo un director tan metafísico tuvo que luchar contra una industria materialista y adocenada como era la cinematográfica ( y vulgar como la gabacha) para seguir haciendo películas después de ésta ( con L'argent de 1.983 Bresson dejaba el cine para recluirse en sus pensamientos). Todo un feroz rebelde, un moderno. Y sin sentido del humor, probablemente.

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