Wednesday, February 22, 2006

Mi noche con Betty Boop

Betty Boop fue una sexy muñeca insólita en la historia de los cartoons. Incorporó un prototipo que sólo tenía parangón en el mundo del cine, y por descontado de la literatura: la jóven emancipada y actual, capaz de pilotar coches y hasta aviones, de abrirse en un mundo de hombres, con las únicas armas del voluntarismo y la frivolidad. El personaje iría evolucionando con los años, obligado por los tijeretazos castradores del vomítivo Hays y desde luego lo hizo a peor. Pero hay que decir, en favor de la gran Betty que ella siempre fue un constante vaivén de rostros y de manifestaciones antropomórficas que la hacen un buen camaleón estilo decó. Fue la Joan Crawford del mundo animado.
Nació perrita, novia de Bimbo y dado el éxito que tuvo se transformó en lo que una generación de norteamericanos conocieron: una stalette con restos de flapperismo pero totalmente incorporada a los aires de la post depresión norteamericana. Conservaba intactas las cualidades físicas de los años locos, su manera de vestir, sus ademanes coquetos, su estilo de pintarse y de peinarse pero en consonancia con el nuevo status rooseveltiano la empezamos a ver aburguesada y conservadora ( más rolliza) según avanzó la serie. Su carita se ensanchó hasta extremos de hinchazón ( ¿tomaría cortisona?) mientras sus piernecitas eran las mismas patas de codorniz que nos bailaban incansables el hula hula. En cualquier caso, fue una chica moldeable a la imaginación de sus creadores: los hermanos Flescher, pioneros en el arte de la animación y de la sincronía de imágenes y sonido. A este respecto son admirables, siempre teniendo en cuenta una época no tan sofisticada en cuestiones tecnológicas, las virguerías de estos señores a la hora de mezclar imágen real con dibujo animado en muchos episodios de la serie. En la maravillosa Rise to fame (34) Betty está más juguetona que nunca trastornando a los propios dibujantes a los que termina arrojando al rostro el contenido de un tintero.
La aparición de Betty y sus amiguitos a lo mejor partía del título de una canción de moda. Se invitaba a los intérpretes en carne y hueso para cantar hasta que se interrumpia momentaneamente para pasar a las aventuras de la mocita, que con toda naturalidad seguiría con esa u otras melodias siempre alegres. Es curioso pero el procedimiento por el que se buscaba la popularización de las tonadas consistía en un rudimentario proceso de seguimiento de los textos de sus letras sincronizados con la propia canción, adelantándose en este sentido al karaoke japonés. Si, si. Betty Boop inventó el karaoke. Los compositores eran espléndidos: un castrense Berlin aportando una melodía de barracón, Porter regalando una arrullante pieza de amor... Esos intermedios musicales son cien mil veces más soportables que los de los hermanos Marx por la misma época (por más que a Jonathan Ritchman le ponga lírico el pesado de Harpo tocando el harpa).
Las estrellas eran de primer orden: una Ethel Merman, un Rudy Vallee, algún duo minstrel, Cab Calloway o el propio Louis Armstrong, que yo no sé cómo se atrevió pues había una tremenda rémora de racismo en el episodio en el que colaboró ( quizá su sentido de la autoparodia le impulsó a hacer lo que hizo). Porque claro, el punto chunguito de la serie era el racismo que de vez en cuando afloraba. Si, Betty Boop era racista. Ve el genial Out of the inkell (38) y me cuentas: la Boop aprende las técnicas del hipnotismo y entre otras cosas casi consigue transformar a un criado negro en blanco.
Sin embargo como madrina no tiene precio. Fue en un episodio de la serie donde apareció por primera vez Popeye, el marino. Se hizo tan popular que se independizó creando su serie propia. Verlos a los dos juntos fue delicioso. Ni que decir tiene que Olivia salió perdiendo en el combate de féminas: no había nadie que pudiera vencer a una Betty Boop en plena danza del hula hula.
Y es que la chica era una artista del music hall. Su estilo boop-a-doop ( luego recuperado por la Monroe en "Con Faldas y a lo loco") era nueva herencia de los años veinte. La cantante que prestaba la voz al dibujo era la estupenda Helen Kane, que se especializó en este tipo de interpretaciones de timbre agudo y cosquilleante.
El pizpiretismo, el sentido camp en su máxima expresión lo alcanza Betty en episodios como A language all my own (35) . En esta joyita de lo queer Betty nada más acabar la actuación en un teatro de Nueva York sale disparada con su descapotable hacia el aeropuerto. Allí su avioneta personal la está esperando. Rauda se monta y emprende vuelo, pilotando ella misma, a tierras japonesas. Llega justo a tiempo para actuar en un teatro de Tokio...¡en kimono y cantando en japonés!. Amablemente se despide del vasto público con simpáticos arigatos. De nuevo monta en la avioneta, cargada de flores orientales de vuelta a los Estados Unidos. Giras muy apretadas.
El hogar de la muchacha es funcional. Una casa de campo con los lujos justos. Vive con su encantador perrito Pudgy y siempre hay ratones. El perrito de Betty protagonizó muchos episodios, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años treinta cuando la censura impuso ciertos cambios drásticos en la serie de Flescher. Se acercó más a Disney, aunque los espectadores la siguiesen viendo provocadora, con sus caracolillos en el pelo, sus caiditas de ojos, su chic sin igual. De cualquier manera tengo mis serias dudas de que la muchacha fuese caliente, me da que era un poco frígida. Nunca tuvo compañero después de dejar de ser perrita. Recuerdo ahora a este respecto otro episodio memorable, en color, que se llamaba Red Hot Mama y que se desarrollaba en una especie de infierno. Los diablos que acechan a nuestra heroina no hacían más que amenazarla escupiendo fuego...Ella se defendía con su sola mirada que lanzaba ráfagas de hielo capaces de derretir las olas de lava que la rodeaban. Yo creo que en parte esto es una alusión a aspectos de su sexualidad que la definirían bastante. Son sólo suposiciones. Pero, bueno, también Grace Kelly decían que era una sexy fria ( yo en Atrapa a un ladrón la vi tremendamente picarona).
Lo que importa es que el personaje pervive fresco y espontáneo. Repasar sus cortos son una delicia camp. El culto a su figura en internet demuestra lo que digo. Fuera o no una cachonda.

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