Sunday, February 26, 2006

Dirigido por...fa: Busby y las coreografias sociales

Hubo en la Warner un hombre que revolucionó el género musical dotándolo de una imaginación única. Fue Busby Berkeley. Más que filmador de historias era un original coreografo repleto de fantasías que plasmaba sin tapujos en sus siempre espectaculares números musicales. Rompió el concepto de escenario, confundió el teatro con un plató (y a menudo éste le quedaba corto) y dejó que los scripts narrativos los dirigiesen otros ( Lloyd Bacon en la inmortal Calle 42, Roy del Ruth en Melodias de Broadway 1935, Mervin LeRoy en Vampiresas 1933...). El material que Busby necesitaba era tan sólo su querida grua; manejándola a su antojo crearía secuencias voyeurísticas, oníricas, masturbatorias...como solo su talento le permitía hacer.
Según palabras de Kenneth Anger: "Berkeley eliminó el arco del escenario. Colocaba su cámara en el techo- a veces más allá del techo- y luego bajaba con una grúa hasta dejarla a cinco centímetros del ojo de una hermosa muchacha. Mucho más que rutinarios números de baile y canciones, fueron vehículos que acabaron con el espacio y el tiempo". Desde luego, el sentido de la extravaganza de Mr. Berkeley con sus caleidoscopios kitsch lograrían acercarle ironicamente ( y a mucha honra) a un cierto tipo de abstracción visual que en nada desmerece a la que por aquella época realizaban los vanguardistas europeos ( yo creo que eran cuanto menos más divertidas las suyas). Y con todo, esos momentos de escandaloso mal gusto son redimidos por un toque genial que devuelven a Berkeley a la categoria de los grandes creadores ( en Vampiresas de 1 933 el número de los violines luminosos bien hubiera podido caer en el más estrepitoso de los ridículos, en cambio se revela como admirable el instante del baile de estos en la oscuridad. Se adelanta a los hallazgos animados del Disney de la pretenciosa Fantasia)
Además el vivo erotismo al que aludia antes quedaba reflejado a través del ojo picantón en el que se convertía su cámara al excrutar con placentero morbo la retahila de infinitas piernas desnudas femeninas. Las de las famosas chicas Berkeley, las mejor tasadas. Estamos hablando de una erotizada época en la que un Hollywood desbocado se vendía como la antesala del sexo, la coletilla del lupanar que había sido en los años veinte. Y no olvidemos que cuando las chicas de Busby tenían a bien enseñarnos aquellas benditas pantorrillas, en la Metro la Harlow se insinuaba a los hombres con verdulero ademán y la magna Mae West desde la Paramount los devoraba directamente. El código Hays no había repartido todavía cinturones de castidad.
Berkeley llegaría a filtrar sus deseos más lividinosos personalizándose en la figura de un crio repelente en el número magistral "Pettin' in the park" de Vampiresas de 1933. Un golpe de lluvia hace refugiarse a las chicas que bailan con sus novios en un parque. Deben cambiarse las ropas mojadas, asi que vemos sus sombras tras las cortinillas que las tapan.El crio se encarga convenientemente de descorrerlas. Las muchachas se colocan unos estrafalarios bañadores de hojalata que las defenderán del deseo de los chicos. Pero nada está perdido en el erotismo marca Berkeley cuando el asqueroso bebe le pasa a Dick Powell un enorme abrelatas con el que conseguirá sus decididamente sexuales propósitos.
En esta misma película una simple moneda, grande claro, y colocada de forma estratégica también, es el único atuendo de las coristas. El número: "We're in the money", curiosamente de fuerte carga social en la letra.
Tal vez el más representativo a este respecto fue el número final de la misma película. Aquel inolvidable "Remember my forgotten man" en donde la gran Joan Blondell vestida de apache le canta al hombre olvidado ( ex combatiente de la primera guerra mundial que al acabar la contienda no encontró trabajo).. Este lamento da pie a una descripción detallista del submundo mísero de los trabajadores y parados de la época ( directamente relacionados con la hecatombe post Wall Street ) que todavía vista hoy en dia emociona. Pese a que los hombres se vuelven coristas, nada hay de kitsch en el asunto. El musical se ensambla a la perfección con la crítica social gracias al talento tanto de Berkeley en lo visual, como de LeRoy en lo narrativo.
Por fortuna, el estilo del coreografo no pudo llegar en mejor momento. El desencanto se propagaba en amplias direcciones, incluyendo las que nos conducian al mundo de la farándula. Fue necesario como contrapunto del "más allá de lo real" tan caro a Busby un realismo ad hoc. En La calle 42, el caos del mundo se palpa muy de cerca y es el otro mundo, el de lo falso, lo frívolo el que se nos vende como comodín o salvavidas. La jovencita Ruby Keeler llega a una compañia de variedades con la sana intención de abrirse camino, de salir de la nada quizá como última escapatoria. El personaje de Dick Powell ( a la sazón pareja habitual de la Keeler) le induce a que lo intente. Nada tiene que perder, todo lo contrario: entraria como una vulgar y corriente muchachita de la depresión pero saldría convertida en estrella.
La Keeler dio una convincente interpretación. Estuvo entre ingenua y hastiada de la vida y chispeante en los números musicales. Esta estrellita fue rostro amable en este período y no se puede evocar más que con nostalgia. ¡Cuán candorosas caritas maquilladas en pálido, cuántos rostros de muñeca de porcelana que tanto identifican a una era!. La Helen Morgan de Aplause ( con toda probabilidad el primer musical con intenciones críticas), la Bessie Love de The Broadway Melody, el estilo boop-a-doop de Helen Kane (¿o era Betty Boop?).
Y como maestro de ceremonias, creador de los capriccios más increibles del musical ( quizá la obra maestra del carnaval aplicado al baile sea The Pirate de Minelli) el gran Berkeley. Con toda su inventiva y ese sentido del ritmo que sólo pudo surgir en la Norteamerica del espectáculo. Lo dicho, el gran carnaval.

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