Saturday, January 28, 2006

Matt y Luisa: cinco décadas fantástickos

Si te parece, esta fria noche de sábado invernal nos vamos a ir al teatro. Tu déjate llevar. Sé que en España estas cosas nunca han tenido excesivo apego popular. Me refiero a los musicals, a pesar de que la revista arrasó y que ahora parecen reverdecer ( a lo mejor innecesariamente) los clásicos de las carteleras neoyorkinas. Sin duda este afán por colocar en la Gran Via madrileña los montajes que marcaron un hito en la historia del Broadway de antaño dice mucho de nuestro complejo de provincianistas. Ya en sus tiempos, qué necesidad teníamos en este pais de South Pacific o Carrousel habiendo una Rosa del Azafrán o una Revoltosa. Pero ejemplos los hay a porrillo. Qué necesidad asimismo había entre el artisteo progre de acercar a la menestralia el Surabaia Johnny existiendo ese Tatuaje que tiene tanta o más enjundia, y es más nuestro, pese a que no existan esas cohartadas culturales tan evidentes. Brecht versus De León, Padilla versus Hammerstein II. Uhmm. Al final siempre gana el pueblo.
A mi me gustaban muchísimo los musicales de Broadway a los veinte años. Adoraba sus estrellas, los libretistas y directores, conocía a los insignes coreógrafos, productores y a Mr. Abbot. Sabía que Sondheim era un dios. Y que las divas eran mis divas. Y que los bailarines entendían. La calle 42. Ahí casi vivía yo...gracias a la radio. Si, si. En Radio Nacional Jose Maria Pou ( nuestro Vincent Price, un tipo cuyo egotismo siempre es redimido por una pasión extra humana por el arte de las bambalinas) me enseñaba todo lo que se cocía y coció en el barrio más teatral de la capital neoyorkina. Me enganchaba su apasionamiento, su erudición, su perfecto análisis de cada número que iba presentando. Me dio a conocer un mundo que no por frívolo rehusaba el hecho de poder ir cambiando según los tiempos. El teatro comprometido, el teatro de los marginados que venía después de las lentejuelas y los supermontajes. El Broadway del Sida y de la música rock. El off...
Todo se lo debo a Pou y compañera. Contrapunto delicioso y un duo elegante. Y triunfal, su programa duró más de diez años, emitiendose sin interrupción.
En su "calle 42" aparecieron muchas veces The Fantasticks que, aún no te había dicho que es la obra que vamos a ir a ver esta noche. Fue revolucionaria desde el dia de su estreno, 3 de mayo de 1.960. La pareja de autores era excepcional: Tom Jones y Harvey Schmidt. Ambos estaban tocados por el genio de la inspiración. Llevaban diez años trabajando juntos. No dieron el campanazo real hasta que se decidieron a adaptar la novela de Rostand "Les romanesques", que era un poco la archisabida historia de Romeo y Julieta a la que ellos añadirían elementos fantásticos que enriquecieron la idea original. Y el enriquecimiento tuvo además en las canciones uno de sus más seguros baluartes. Música pegadiza, romántica y vitalista. Cantables que se hicieron muy conocidos en su momento y que ahora ya forman parte de su folclore (cualquier artista de estos llamados entertainers o los mismos crooners han incorporado a su repertorio un "Try to remember", por ejemplo, por decirte el número más asimilable a The Fantasticks. Si Michael Buble aun no lo ha interpretado no dudes en que pronto lo hará).
Una de las mayores virtudes de este exitoso musical fue sin duda la sencillez de un montaje que partía de un presupuesto realmente modesto. Hay pocos cambios de escenario, pocos personajes, pocos, digamos, momentos de grandeur...se entiende que naciera en un pequeño teatro. Es un caso que pre anuncia el fenómeno Hair, por ejemplo.
Jerry Orbach se encumbró en la obra. Pero muchas estrellas pasaron por las diferentes producciones: F. Murray Abraham, Ricardo Montalban, Elliot Gould, Lizza MInelli, Glen Close, Richard Chamberlain, John Carradine y Ed Arnes. Recientemente Joel Grey también puso su personal toque a los Fantasticks.
Creo que como musical milenario ha supuesto un hito para los norteamericanos. Es su cultura popular. Para ellos Matt y Luisa, estos dos jovencitos soñadores que viven en su mundo de irrealidad debe tener el valor sentimental de las cosas perennes.

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