Saturday, January 07, 2006

Infancias verdes. Segundo intermedio: Maciste en las alegres navidades de los años setenta


La edad de la inocencia
Llegaba el roscón de Reyes y mi casa era un hervidero de gritos y palabrería intensa. Los nervios se apoderaban de mi la víspera del gran día. No paraba quieto, mi imaginación bullia incansable. "Les pedi esto, esto y esto pero no sé si me lo traerán porque no me he portado del todo bien", repetía para mis adentros.
Me acostaba tan pronto como podia. Lo hacía tras cenar, agotado porque había visto la cabalgata con un frio que no era de este mundo. Los inviernos de mi niñez eran mucho más frios que los que vinieron luego. Asi que me agazapaba debajo de la manta Paduana y cerraba con fuerza los ojos. No debería verlos entrar, si me encontraban despierto eran capaces de dar la vuelta y no dejarme nada. Ya había colocado estrategicamente zapatos y calcetines por mi dormitorio. Pero sabía que lo verdaderamente importante tenía que suceder en el otro cuarto: en el de los juguetes. Cuando conseguía conciliar el sueño ya me estaba internando en brazos de un Morfeo excepcional: el mejor del año.
Como si hubiera dejado un piloto automático, me despertaba a las ocho y media de la mañana. Corría veloz al cuarto, vislumbraba sombras de objetos, entonces encendía la luz y...¡chass!, ahí estaban ellos. Todos...y más. Un fenomenal escaparate que ríase usted de los del Precio Justo. Mis juguetes queridos. Reunidos Geyper, el Exin Castillos, el CineExin, el equipo de boxeador, unos cuántos AIRGAM BOYS, un año hubo una bicicleta, un balón de reglamento (¡qué horror!), el Scalextric...pero en donde siempre se esmeraban era en los Madelman. Pude tener una colección estupenda. Y estos simpáticos muñecos supusieron en mi infancia juguetona, de hijo único, una parte importantísima para mi formación posterior: tanto a nivel de escritor como en mi faceta homosexual. Digo yo que los niños gays de antaño desarrollaron su sexualidad a través de los soldaditos de plomo. Mis muñecos eran en cambio, tan chabacanos como sofisticados en su variedad. Fueron mi iniciación total, tanto en el mundo de la aventura como de la erótica loca. Es por ello, que mis Madelman se merecen para más adelante en este blog unos cuantos post para ellos solitos.

La gran putada
Ocurrió una mañana de invierno cualquiera. Tenía que pasar, como les ha pasado a todos, a tí, a tus amigos, a los míos, a la humanidad, consumista o no. Llega tu madre, en mi caso fue ella, y te espeta: ¡Los Reyes Magos no existen!. A qué cojones viene eso, le jodes la vida a un pobre crio que ha edificado todo un rollo mental de puta madre y de repente te lo echa tu ser más querido a perder por meras cuestiones prácticas. Pero es inevitable, como el dejar de usar el chupete o el tacatá. Supongo que me habría puesto demasiado avaricioso en mi carta de Reyes y al ver que no razonaba ( que si hay mucha hambre en el mundo, que hay que repartir) me lo dejó caer con firmeza pero también con toda la ternura que puede albergar una madre. No lo podía creer, los Reyes eran mis padres: que exceso de protagonismo, qué desilusión. Pero no importó. Ellos siguieron siendo igual de generosos: en los años siguientes vendrían la nave espacial de los Madelman, el Circo de los Airgam boys, libros de SuperHumor y las adaptaciones ilustradas de las novelas de Dickens...Ahora entendía los ruidos de objetos, el ir y venir de los dos de su habitación al cuarto cuando yo ya estaba acostado...En verdad fui un niño muy mimado.Pero la gran putada ya se había producido. La que te separa un poco más de la infancia para acercarte a la horrorosa adultez. De todas formas aquello no fue nada en comparación con esa monstruosa, implacable, enorme putada de la vida que está todavía por venir y que es, claro, la muerte.

Cabalgata con corrida
Estas memorias tienen una clara intención de sacar a relucir aspectos de una sexualidad precoz, siempre gozosa y constantemente sorprendente. Hubo una cabalgata, víspera de adolescencias, supongo que yo tendría ya trece años que me lo monté de estranguis, como quien no quiere la cosa, con un chavalito delicioso. Todavía cuando lo recuerdo me emociona, a pesar de no poder reconocer su rostro, su cuerpo. Pero queda la imágen de la belleza, de la sensualidad en él. Y de una profunda excitación que me llevó a explotar en júbilo casi al ritmo de los fuegos de artificio de la plaza mayor, donde estábamos.
Las aglomeraciones y yo merecerán un capítulo especial en "Infancias verdes". La que os cuento hoy era inevitable. Atestada de almas estaba la plaza dónde los Reyes Magos se disponían a salir por la ventana del ayuntamiento para saludar a todos los niños alli congregados. Mis ojos en la espera, atisbaron subido a las escaleras, muy próximo a una columna, a un hermoso efebo ( como yo pero más bien hechito), era rubio, eso creo que si lo tengo claro. Me abrí paso entre la turbamulta y me fui colocando cerca de él. Hasta que lo tuve a un nada de mi no paré. La posibilidad de poder tocarlo se hacía bastante razonable, tantos niños empujaban, se movían revoltosos...Asi que sin más ni más me situé detrás del muchacho. Mi pecho contra su espalda. Me miró, me sonrió, estaba contento. Me decía cosas. Yo me empecé a embalar. Llevaba unos vaqueros que le sentaban de muerte. Tenía uno de los culos más mullidos que yo había catado jamás. Porque lo caté, vaya si lo caté. Y de vez en cuando le miraba avergonzado, el pibito tenía las mejillas dilatadas pero seguia sonriendo emocionado, hablándome. Yo asentía, con mi empalme, con mis ganas de comérmelo.Sin importarme todo lo que nos rodeaba, ya digo que la situación propiciaba el desenfreno a la vez que conservando cierta discrección. Era tremendamente excitante aprovecharme de él. Mi polla tiesa frotándose contra su redondas nalgas. Me agarraba con vigor a su cintura, pues de lo contrario podía caer al vacio ( estábamos subidos a una columna). Conseguí introducir mis manos en sus bolsillos delanteros con la confianza de encontrar su pene escondido. En cuanto lo noté no dudé en frotárselo con suavidad, con mucho cuidado. A pesar de todo, aquello era una situación delicada. Justo en el momento en que salía el rey Melchor mi calentura alcanzó su punto más alto y me corri encima de mi pantalón.Fue un robo y un abuso no sé hasta que punto consentido. Fue algo asi como un polvo imperfecto en una edad imperfecta y que sin embargo con el paso de los años lo recuerdo como algo enormemente gratificante y, me duele decirlo, como algo irrepetible.

(continuará)

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