Monday, December 12, 2005

Bell'aspetto. Por "la famosa escritora norteamericana"

"Sus rostros estaban muy próximos, sus alientos se confundían y, por un instante pareció aquello el preludio de un beso suficientemente deseado. El final en aplausos de la espontánea jam session cortó la situación. Ambos se unieron al público dando palmas. Al poco, un trio liderado por un virtuoso anciano al piano al que secundaban dos jóvenes al saxo y a la bateria respectivamente, agasajaron a los presentes con un milagroso "Stormy Weather" que puso al respetable en dulcísimo trance.
- Ese saxo no tiene piedad - comentó Ivana con cara de vicio.

- Eso es exactamente lo que le decía Ava Gardner al Gregory Peck en " Las nieves del Kilimanjaro"- contestó sagaz él.
- Ahora te pones socarrón tu
- Somos los dos muy parecidos. Muy peliculeros. Y, sobre todo, andamos bastante hartos de Cremona.
- Ava lo decía también en un sitio como éste.
- Si, pero aquello era Paris. El Paris de la Metro
para ser exactos
- Ambos estaban hastiados del mundo, y ese sentimiento es universal
- Y ambos huían y seguirían escapando hasta los restos.

Resulta poco menos que conmovedor que estos dos seres pudiesen trascender tamañas ideas reflexionándolas de tal forma. Más si cabe si el motivo propiciador era una peliculilla simple y hasta aburrida como aquella. Película que, sin embargo, partía de una novela de un seudo perdido llamado Hemingway, el cual pasó su vida contando historietas de cazas de rinocerontes y farras pamplonicas. Estos antecedentes literarios los ignoraban, sin duda, pero intuian ciertas esencias del asunto de manera inconsciente haciendo suya la experiencia vital. Curioso que fuera la artesanía METRO la que decretara las reglas del juego al que se habían entregado aquella noche de saxos sibilinos.
Y en prolongarla se les iban los minutos. Hasta que el local cerró no subieron al exterior. Afuera el frio era sepulcral. El viaje en la moto de Paolo pudo haber resultado extenuante de no ser por el alcohol ingerido. Conducía con tiento y aun asi bordaba las eses. Embriagados, locos por apurar. Pasaron por el descampado de la Signellia donde las últimas putas, las desdichadas que aún no habían hecho liras paseaban apresuradas a la espera de un cliente imposible; otras trabajaban ya en los coches o se refugiaban de la helada en los de sus chulos. Hay quien dice que todos los inviernos aparecían un par de ellas muertas por congelación, totalmente tiesas tras los árboles. Quizá fuera una exageración, lo que es verdad es que aquella profesión, tan honrada como cualquier otra pero durísima, y más en esta estación del año, estaba llenándose de pobrecitas tuberculosas sin que nadie hiciera nada por impedirlo.
Ante el ruido de la motocicleta de Paolo algunas se volvían y al reconocerle le gritaban en perfecto dialecto: " A ver cuando te vienes a pagarnos lo que nos debes, sinverguenza" para reanudar al instante y, por enésima vez, sus más que caminatas, carreras de fondo.
Dejaron la moto tan pronto se internaron en el barrio de Ivana. Las callejuelas estrechas espelían un fuerte olor a orines, sobre todo en las esquinas en penumbra. Los coros gatunos rompían el aire con la autoridad del que se ha apoderado de un territorio y del cual se es dueño y señor. La suciedad de los contenedores remataba con la retahila de aromas pestilentes en los que se había transformado una calle por otro lado recoleta y noble, rememoradora de la gesta del Risorgimento ( todavía se conservaba en su centro una placa destinada a evocar a un anónimo muerto en las acciones de Resistencia). Por ella caminaban, embracilados y dando tumbos, riendo a mandíbula batiente y, también, expectantes por lo que pudiera pasar de ahí en adelante. Paolo se soltó por un momento de su compañera e improvisó una suerte de tarantella que le provocó tropezar con un cubo de basura cayendo de bruces contra el suelo. Ivana lo observaba atónita e igualmente en vilo. Rieron más fuerte. Paolo resultaba patético entre el montón de latas vacias y restos de comidas malolientes pero aún atinó a cantar unas breves notas del Arrivederci Roma al estilo urlatori. Ella tiró el bolso para aplaudirle. A duras penas , casi sin pretenderlo, vagando como sombras huidizas se toparon con el portal de la casa donde ella pernoctaba y que era compartida por una compañera de trabajo. No cesaban de armar bulla hasta que un vecino en bata horrible salió de su departamento para entrarlos al orden. Ivana contestó con un insulto de lo más bajo y Paolo se asustó al oirla en aquel tono que sólo le era familiar cuando conversaba con las prostitutas del descampado".
( continuará)

* Fragmento perteneciente a la novela de ficción " Bell'aspetto" ( 2.005 ) de "la famosa escritora norteamericana". Traducción a cargo de Boquitas Pintadas en horas de oficina.

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