Saturday, October 22, 2005

¿No querias melodrama, bonita? ¡PUES TOMA DOS TAZAS!



Vuelven los tiempos del lagrimón. Esta mañana he escuchado como anticipo de las futuras fechas navideñas a Anthony & The Johnsons con Boy George versionando aquel viejo y horterísima villancico de Lennon con transfondo pacifista que siempre consigue ponerme de los nervios. Ambos versioneros son expertos en los grandes dramones, Anthony en el drama interior y Boy George a nivel biográfico. Hace poco en estas reposiciones con sabor a coitus inerruptus que la 2 está haciendo de "La Edad de Oro" pudimos emborracharnos de revivalismo ochentero con un Marc Almond muy en su papel de ajada Piaf. Perfecto, y le volvimos a llorar tan a gusto. Despues de todo el melodrama ofrece una posibilidad catártica que consigue en sus mejores momentos exorcizar nuestros demonios interiores hasta, en los casos más felizmente tristes, llevarnos a la ataraxia. Sufrir es un placer. Pero para eso hay que contar con unos buenos maestros de ceremonias que sepan graduar el tempo dramático, la gestualización y porqué no, el histrionismo que lleve al drama a su límite. Cuando el oficiante consigue representar su obra artística con todos estos ingredientes, y lo hace tonteando con lo sublime y lo ridículo, con la poesia y la mierda entonces el espectador no puede más que entregarse sin reservas. Es lo que me ocurrió con sendos deuvedés musicales la noche de ayer.
Por un lado el de Rufus Wainright nos presenta a un artista familiar, hogareño, entrañable. Es un documental que opta por darnos a conocer su lado más accesible. Vemos su Canada natal, los paisajes, la escuela, la casa donde se crió...Hablan su madre, la hermana, sus amigos...Se rescatan imágenes encantadoras de un Rufus adolescente entonando en el instituto junto a otros compañeros melodias de Broadway (no sé de que año)...La nieve y el hogar y la pasión por el clasicismo. Pero también sus abundantes escapadas vacacionales a Nueva York, los lugares míticos como el Hotel Chelsea donde las esquelas de Tom Wolfe o Arthur Miller o Dylan Thomas manifiestan un palpable legado que el joven artista ha capturado para reflejarlo en una obra musical apabullante, riquísima. Nueva York tiene para Rufus las macrodiscotecas de ambiente, sus amistades más íntimas, hasta cierto punto la via de escape de una homosexualidad gozosa.
Canada y Nueva York. La nieve y las luces. Y entre medias las declaraciones de luminarias como Neil Tennant (otro experto en pasiones desbocadas, mal rollo y sufrir de amores), el cantante de Keane (grupito de moda el año pasado que se vendió en las cadenas de radio comerciales como un grupo de pop sin guitarras-?-), Elton John que resaltaba la escuela clasicista del muchacho(hay canciones de Rufus que me remiten indefectiblemente a los mejores logros del binomio Elton John/B. Taupin) o, en fin, el Sting ese, que al parecer sigue vivo y al que le deseo una pronta embolia. Estupendo documental dedicado a Rufus Wainwright al que vemos, claro, interpretar canciones de sus excelsos WANT 1 y WANT 2. A retener la carga emocional y a la vez pantomima carnavalera a través de un disfraz imposible en su inolvidable "Oh, what a world" ( sodomización bigger than life del bolero de Ravel).
El otro gran especialista en pasiones subidas de tono es Neil Hannon. Especialista en el pop orquestal ,este deuvedé lo presenta en un concierto en el Palladium rodeado de una orquesta de excelentes músicos (el Millennium Ensemble). Hanon es The Divine Comedy pero creo que es más comedia que divina. Simpático , no muy cuidadoso en el vestir, es el perfecto treinteañero inglés capaz de con un gesto llegar a un público sorprendentemente numeroso (viene de la independencia, no lo olvidemos, a pesar de su pequeño patinazo en la EMI). Comenzó a trote de spaguetti western con Absolutely Friends (de lo último que ha compuesto, tan Morricone) para acto seguido repasar un basto repertorio de irreprochable pop de factura entre cabaretístca , Bacharach y breliana con ribetes Scott Walker ( la voz de Neil ayuda a que esta última referencia no suene a despropósito). Alguna mente malvada diría que se limitó a interpretar su "The best of..." Es posible pero la elección de los temas lejos de limitarle lo engrandece. Y de todas formas su ejecución de los cantables de su excesivo "Fin de siecle" lograron hacérmelo más digerible que cuando lo escuché en disco por primera vez (todavía su solo recuerdo continua retumbando mis oidos). Genial y comunicativo, payasete cuando lo cree conveniente y cabaretero avant la letre, porqué no ("No One Knows" podría haberla firmado Kurt Weill antes del exilio).
Digamos que si la crítica musical señala a Stephin Merrit como un posible candidato a ser el Cole Porter del siglo XXI, Neil Hannon quedaría nombrado para mi como su Jerome Kern. Con todos los honores. Y a llorarles.

1 Comments:

Blogger David Saä Viccenzo said...

Que procaz...pervertidos...

6:40 PM  

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